sábado, 3 de mayo de 2014

DAGOR

Cuando la lámpara del comedor se volvió luna, y el balcón del dormitorio de mi madre se transformó en esa ventana por la que podía intercambiar sueños de papel con las estrellas, entonces supe que era poeta. Cuando las olas más altas me llamaban a la orilla y el agua bailaba ante mis ojos bordando quimeras azules como si fueran palabras, no me quedó más remedio que aceptar mi destino de vate. Anacoreta por convicción, me sumergí en mi cueva urbana a tratar de entender mi destino, a escuchar la música de las palabras, a hacerlas bailar con el lápiz aún en medio de una densa neblina, de una honda tristeza. Me dormía con los apuntes debajo de la almohada y me despertaba de madrugada a tratar de hilvanar versos mientras todos dormían. A mi padre no le gustaba la idea, constantemente me recordaba que para dedicarme a la Literatura, tendría que estudiar alguna profesión que me permitiera solventar los gastos que iba a generar el pasar largas horas de mi vida, entregada a la tarea de buscar la palabra clave. Solía decir también que el problema de los poetas es que siempre parecen estar sumergidos en su mundo, algo así como si vivieran en dos planetas al mismo tiempo, siendo La Tierra el secundario. Curiosa aprehensión la de mi padre, pues él también era poeta.
No hubo fuerza alguna que me impidiera enamorarme de ese rincón en el que las horas, efectivamente, pasaron como un soplo frente al espejo de mi cuaderno. Descubrir que todo rima, fue como tener al mismo sol en forma de lámpara sobre mi pequeño escritorio. En cada renglón veía pasar los árboles abrazados con las casas, veía a las montañas inclinándose con humildad para besar los valles, y al mar, al mar lo veía como madre abriendo sus alas para recibir a todos los ríos, a todos los lagos y lagunas en su vientre hondo salpicado con corales, sirenas y anclas oxidadas. Pero al ser humano lo veía solitario y eso era lo que me quitaba el sueño. Comprendí entonces que mi tarea era hacerle compañía, girar con él, con sus misterios, su ternura, sus bemoles, sus temores y alegrías.
No sé si parezco de otro planeta, lo que sí sé es que ser bardo no es siempre tener a flor de lápiz la palabra precisa, la frase que conmueve. Tampoco es tener la opinión más acertada. Ser poeta es pernoctar sobre una línea, es saber dónde colocar una coma, no por razones literarias; por razones humanas. Es abrazar todas las causas, regar todos los jardines, vivir en cada lágrima, habitar cada gota de lluvia, levantar cada trozo de porcelana y remendar un jarrón con gracia a punta de verbo, para que vuelva a adornar el salón como en sus días de gloria, a pesar del golpe previo.
Dagor
Londres, 14 de abril de 2014