viernes 14 de septiembre de 2007
PAYASOS UBICUOS




( Fotos: 1.- Estudio (digital) para "Rezando"por Patricia Velasquez de Mera, Cherry Hill 2005; 2.- Estudio (digital) para "Payasa Embarazada Triste" por Patricia Velasquez de Mera, Cherry Hiil 2003;. 3.- Estudio (digital) para "Payasa Embarazada Contenta" por Patricia Velasquez de Mera, Cherry Hill 2003. 4.- "Africa step 12 " Oleo sobre tela por Patricia Velasquez de Mera, Cherry Hill 2003.
Veo la nariz de un payaso en todos los rincones. Cuando trato de empujarla con mi pluma hacia algún poema, salta al lienzo. Entonces, alrededor del círculo rojo brillante, va creciendo la piel, se van formando dos ojos, llega la ternura, se baja al corazón, y cuando dos manos me saludan, siento el abrazo, descubro otro amigo… triste pero con ganas de hacerme sonreír.
Son madres, son padres, son vecinos... el maestro, el taxista, el oculista, la prostituta, el cantante... todos somos payasos actuando en el circo de la vida.
UBIQUITOUS CLOWNS
I see the nose of a clown in every corner. When I try to push it with my pen towards a poem, it jumps to the canvas. Then, around the bright red circle the skin starts to grow, two eyes take shape, the tenderness appears, it goes down to the heart, and when two hands wave at me, I feel the hug, I find a new friend… a sad one, who pretends to make me smile.
They are mothers, they are parents, they are neighbors... The teacher, the taxi driver, the ophtalmologist, the prostitute, the singer... we all are clowns performing in the circus of life.
jueves 13 de septiembre de 2007
La Cardenal(a)
Ese día llovió tanto que la gente salía en bañeras por las calles. Yo me armé un barquito de papel y me subí en él, lápiz en mano, lápiz remo recorriendo con placer cada paraguas, cada impermeable, cada chico travieso tirando piedritas desde los balcones de las casas. Cuando terminé el dibujo, hice una bola con él y me lo llevé a pasear por debajo de la lluvia.
De tanto remojarnos, yo me enfermé y la bola de papel se deshizo. Esa noche, entre fiebre y dolores de cuerpo, soñaba con una dama vestida de rojo que casi se ahogaba y a quien rescataba de la muerte antes del último suspiro. En el sueño, la dama me pedía que leyera la carta. Me desperté sedienta en la madrugada y en el reflejo del espejo pude ver que la lluvia caía aún pertinazmente sobre Nueva Orleáns.
Amanecí mejor. Al fin las nubes se habían alejado y el sol calentaba el barrio. Desde la ventana me imaginaba que estaba en Venecia, que había viajado a festejar el carnaval en góndola. Lo cierto es que aunque me sentía mejor, la fiebre hizo con mi cerebro lo que le dio la gana, me llevó a dar la vuelta a la ciudad tres veces en seis minutos.
Recuerdo que las casas estaban empapadas, sus acontecidas dueñas con los cabellos chorreados, no encontraban abierta peluquería alguna que les devolviera sus falsos peinados. Vi una hamaca tirada en una acera y sin pensarlo dos veces me trepé en ella para continuar mi periplo con más comodidad. Dentro de la hamaca había una alfombra y dentro de la alfombra había de todo: ropa, sobrecamas, cortinas, utensilios de cocina, piezas de arte, espejos, libros, papeles, muebles, chucherías.
Así fue como tuve en mis manos por primera vez, un viejo abrecartas de bronce, hecho en Turquía quién sabe cuándo.
Yo no sabía que la hamaca podía viajar tan rápido, en un abrir y cerrar de ojos me llevó del Barrio Francés a comprar un emparedado al otro lado del río. Mientras desembarcaba me di cuenta de que todo el rato había estado sentada sobre el abrecartas que se cayó al poner un pie fuera de mi vehículo. En ese momento, en un charco de agua, me pareció ver algo rojo moviéndose en él. Pero entre tanta basura y cosas útiles, pronto el color rojo se diluyó, así es que compré algo para lonchar y me fui de regreso a casa, presurosa y preocupada porque nuevas lluvias se anunciaban. Al entrar a mi hogar me llevé, eso sí, el abrecartas turco conmigo. La hamaca la dejé abrazada con la alfombra, parqueada convenientemente al pie de mi vivienda.
Cuando miré por la ventana pude ver a mis hijos felices corriendo en el agua, festejando el día libre que la escuela había decretado para limpiar y secar la escuela.
Estaba a punto de darle un mordisco a mi sánduche cuando ellos me llamaron. Habían encontrado un ave moribunda en un charquito de agua. Corrí a rescatarla, era roja, un cardenal hembra de hermoso plumaje y mirada triste que ya casi no respiraba. La llevé a la cocina, la arropé en una toalla tibia y me la puse entre las manos acariciándole el pecho, como hamacándola, cantándole como si se tratara de un niño.
Pensé que había fallecido, estaba como desmayada, la deposité en una cajita entre sobres y papeles viejos y después de rezar por su salud, la dejé sola junto a la hornilla para ver si reaccionaba. Mi casa también se había mojado, tenía tanto trabajo que olvidé el ave diminuta hasta que a las seis de la tarde, escuché una especie de suspiro escapándose de la caja. Corrí al recordarla y la encontré muerta con la cabeza metida en un sobre que contenía una carta vieja, que un día me mandó un amigo desde Turquía pero que nunca quise leer... Conservo una de sus plumas en un lugar sagrado porque ella me hizo entender la diferencia entre dar amor y actuar por compasión.
© Patricia Velásquez de Mera
Ese día llovió tanto que la gente salía en bañeras por las calles. Yo me armé un barquito de papel y me subí en él, lápiz en mano, lápiz remo recorriendo con placer cada paraguas, cada impermeable, cada chico travieso tirando piedritas desde los balcones de las casas. Cuando terminé el dibujo, hice una bola con él y me lo llevé a pasear por debajo de la lluvia.
De tanto remojarnos, yo me enfermé y la bola de papel se deshizo. Esa noche, entre fiebre y dolores de cuerpo, soñaba con una dama vestida de rojo que casi se ahogaba y a quien rescataba de la muerte antes del último suspiro. En el sueño, la dama me pedía que leyera la carta. Me desperté sedienta en la madrugada y en el reflejo del espejo pude ver que la lluvia caía aún pertinazmente sobre Nueva Orleáns.
Amanecí mejor. Al fin las nubes se habían alejado y el sol calentaba el barrio. Desde la ventana me imaginaba que estaba en Venecia, que había viajado a festejar el carnaval en góndola. Lo cierto es que aunque me sentía mejor, la fiebre hizo con mi cerebro lo que le dio la gana, me llevó a dar la vuelta a la ciudad tres veces en seis minutos.
Recuerdo que las casas estaban empapadas, sus acontecidas dueñas con los cabellos chorreados, no encontraban abierta peluquería alguna que les devolviera sus falsos peinados. Vi una hamaca tirada en una acera y sin pensarlo dos veces me trepé en ella para continuar mi periplo con más comodidad. Dentro de la hamaca había una alfombra y dentro de la alfombra había de todo: ropa, sobrecamas, cortinas, utensilios de cocina, piezas de arte, espejos, libros, papeles, muebles, chucherías.
Así fue como tuve en mis manos por primera vez, un viejo abrecartas de bronce, hecho en Turquía quién sabe cuándo.
Yo no sabía que la hamaca podía viajar tan rápido, en un abrir y cerrar de ojos me llevó del Barrio Francés a comprar un emparedado al otro lado del río. Mientras desembarcaba me di cuenta de que todo el rato había estado sentada sobre el abrecartas que se cayó al poner un pie fuera de mi vehículo. En ese momento, en un charco de agua, me pareció ver algo rojo moviéndose en él. Pero entre tanta basura y cosas útiles, pronto el color rojo se diluyó, así es que compré algo para lonchar y me fui de regreso a casa, presurosa y preocupada porque nuevas lluvias se anunciaban. Al entrar a mi hogar me llevé, eso sí, el abrecartas turco conmigo. La hamaca la dejé abrazada con la alfombra, parqueada convenientemente al pie de mi vivienda.
Cuando miré por la ventana pude ver a mis hijos felices corriendo en el agua, festejando el día libre que la escuela había decretado para limpiar y secar la escuela.
Estaba a punto de darle un mordisco a mi sánduche cuando ellos me llamaron. Habían encontrado un ave moribunda en un charquito de agua. Corrí a rescatarla, era roja, un cardenal hembra de hermoso plumaje y mirada triste que ya casi no respiraba. La llevé a la cocina, la arropé en una toalla tibia y me la puse entre las manos acariciándole el pecho, como hamacándola, cantándole como si se tratara de un niño.
Pensé que había fallecido, estaba como desmayada, la deposité en una cajita entre sobres y papeles viejos y después de rezar por su salud, la dejé sola junto a la hornilla para ver si reaccionaba. Mi casa también se había mojado, tenía tanto trabajo que olvidé el ave diminuta hasta que a las seis de la tarde, escuché una especie de suspiro escapándose de la caja. Corrí al recordarla y la encontré muerta con la cabeza metida en un sobre que contenía una carta vieja, que un día me mandó un amigo desde Turquía pero que nunca quise leer... Conservo una de sus plumas en un lugar sagrado porque ella me hizo entender la diferencia entre dar amor y actuar por compasión.
© Patricia Velásquez de Mera
martes 11 de septiembre de 2007

(Foto de la portada: "Y2K" Pintura al oleo por Patricia Velasquez de Mera, New Orleans, 1997)
La primera vez que volví a pasar por donde un día estuvieron las torres gemelas, la zona cero de New York después del ataque terrorista, una sensación de impotencia flotaba en el ambiente enrarecido por el humo aún latente. Traté de escuchar el silencio dejado atrás por los miles de muertos en la horrenda pira, pero… no pude. Era como si el eco de esa horrible mañana no parara de ulular en todos los idiomas… Apreté el paso, la mañana era fría, y aunque el sol resplandecía, no se hacía sentir… Miré alrededor y todos teníamos lágrimas en los ojos. Claro, sólo unos días atrás el mundo entero lloraba ante sus televisores por la estampida cobarde que se llevó miles de vidas, quién sabe a dónde…
Hoy es 11 de Septiembre, otra vez… el tiempo ha corrido como si nada hubiera cambiado. La luna sigue girando alrededor, peinándose en los espejos del Hudson cuando las nubes se lo permiten. El tren subterráneo se pasea obstinado de estación en estación tratando de que las cuentas cuadren, cuando en realidad hay miles de boletos de retorno que se quedaron en el limbo, que se convirtieron en pasaportes al infinito…
Dónde encontrar un escondite para guardar en un abrazo a toda la humanidad?
para consolarla entre las alas de un poema y que pueda volar en libertad?
entre el verano y el otoño del año 2001
alguien sembró el terror en Nueva York
una mañana tranquila
el mundo al fin entendió
lo que es globalización
espectadores terrícolas
recibieron un mensaje
frente a su televisor
las mujeres en sus casas
a miles de millas lejanas
oraban con añoranza
mientras que su corazón
gemía en premonición
mi hijo era un inmigrante
cualquier nacionalidad
alguien que llegó a Manhattan
buscando oportunidad
las sirenas rugieron
pulularon los héroes
desataron sus alas
los ángeles buenos
que nunca descansan
con trajes de polvo
rescataron del humo
mujeres espantadas
hombres sin aliento
despojos sedientos
de justicia y calma
las novias se esfumaron
en trajes de fuego
transparentes mágicas
en ágora de humo
sin velo y corona
sus miradas tiernas
luminosas plenas
fueron calcinadas
se purificaron
en rito imprevisto
de manos satánicas
las ánimas volaron
vestidas de aves
confundidas en el aire
con el humo
que inocente pasaba
diluyéndose en el viento
con sus proyectos
de comprarse
luego de tantos sudores
UNA CASA
sueño americano
sacrificio estéril
cuatro mil cabezas
sin raza sin nombre
sin sexo
víctimas fortuitas
de las circunstancias
desvestidos todos
de arrogancia mundana
sin piel sin zapatos sin luz
sin mañana
los cadáveres
detrás del sueño
se saludaban
confundiendo su aliento
que ardía entre las brasas
consolándose sin rencor
sin testigos
sin morbo
sin reporteros impúdicos
que filmaban la caída de sus cuerpos
desde edificios en llamas
el olor a muerte
se extendió inclemente
por entre las casas
se filtró en la sopa
entre rascacielos
recordando al mundo
que somos materia
maquillaje en llaga
solamente piel
de la indestructible
estructura del alma
tambores redoblaron
se pusieron de pie
todas las campanas
los demás quedamos
derretidos en lágrimas
besando las fotos
tomadas en días
de inocencia y gracia
los sobrevivientes
como en danza trágica
volvían a zona cero
buscando los restos
de caras amadas
vecinos parientes
simples conocidos
pan de la desgracia
han pasado días
desde que el infierno
se subió a las torres
a desintegrarlas
bomberos sedientos
viejos espantados
caminan las sombras
de una gran manzana
no hay lugar seguro
ni siesta ni pasta
sólo la certeza
de una muerte rápida
inclemente
extraña
entre el verano y el otoño
del año 2001
alguien sembró el terror
entre la raza humana
alguien que no comprendió
que un disparo al corazón
no es un disparo al alma
© Patricia Velasquez de Mera
sábado 8 de septiembre de 2007

LA DESPECHADA
(Foto: "Caracola" Acrílico sobre tela por Patricia Velasquez de Mera. Filadelfia, 1999)
Abrí mi cartera y encontré que el espejo de maquillarme se había roto. Mi cara se veía cuarteada, como si los pedazos de vidrio realmente reflejaran la furia del tiempo…
Me perseguía un dolor insoportable, buscaba desaparecer, todo pasó tan rápido. Corrí sin rumbo a velocidad inverosímil. Me elevé en el aire y mientras volaba me brotaban alas que se derretían con la luz del sol. Caí de bruces en el bosque de los recuerdos, una suerte de valle atestado de árboles desnudos con los brazos levantados. Me paré como pude, lo busqué desesperadamente, preguntando aquí y allá por él, mostrándoles su foto pero ningún árbol lo conocía o a ninguno le importaba su paradero. Al final del valle había una montaña y supe que estaría ahí. Entré pisando fuerte, por si acaso, y lo vi durmiendo sobre un charco de mentiras. No me importó, me acerqué sin preámbulos y reconociendo mi olor, sin abrir los ojos, me hizo un espacio a su lado. Al encontrar su deseo, me fundí en él sin preguntas, arrancándome la entraña para ponerla bajo su vientre. El navegó a prisa por los pasillos de mi esencia, clavando mi memoria con el ímpetu de su pasión incandescente, hasta que llegó el orgasmo seguido de una fugaz eternidad de caricias.
El espejito de mi cartera era él … mi recuerdo roto era él, cada grieta era el vacío de mi bosque helado. El coito se hizo dos… nuevamente. Cuando cerré mi cartera, el empacó sus bríos para salir del escondite y se detuvo entre los árboles con los brazos apuntando al infinito. Pienso que trataba de pasar desapercibido… como siempre.
Yo me quedé con el espejito en la mano y empecé a correr nuevamente en dirección contraria al bosque. Había luces a lo lejos, creí que eran sus ojos gitanos que habían tomado un atajo para ganarme otra carrera. La ciudad parecía un pecado con su alegría casi navideña apoderada del dolor de mi mirada. Sentí frío, miré hacia atrás; el bosque se había vestido de nieve y dormía erecto, soñando con ardillas y flores silvestres silbando en luna llena. Sentí alivio de saber que toda su maldad estaría congelada por lo menos hasta que pasara el invierno.
Levanté los ojos al cielo, las nubes se habían puesto de pie, aplaudían, cantaban abrazadas al paso del espíritu de Luciano Pavaroti que ascendía humilde y heroicamente a su morada eterna… era 6 de Septiembre de 2007...
Sentí unas ganas de cantar “O sole mío…” pero el llanto me arrastraba hacia el malecón como si fuera un huracán. Pensé que era Katrina que había resucitado. Me sequé los ojos, apreté el paso, venía un bus. Estaba tan sola que el vehículo me pareció un dinosaurio recién amanecido después de un letargo de millones de años. Corrí a abrazarlo, a conseguir la noticia del siglo, a entrevistarlo sin micrófono, a mirarme en sus ojos más viejos que cuevas rupestres. Casi llegaba a él, sentí su aliento, su aroma, su mirada de asteroide, de estrella del pasado. El dinosaurio llevaba en el pecho un mensaje que yo no podía leer, y mientras me frotaba los ojos para descifrar el dato, otro bus salió del río y nos aplastó a los dos.
Al amanecer, yo no podía verme en el espejo, lo limpiaba para que mi rostro de novia plantada apareciera pero sólo había humo, misterio detrás del vidrio. Mientras tanto, la cabeza del dinosaurio se regó en rocío por la calle y se difuminó en el paisaje.
Al abrir la cartera, pude ver que mi voz rodaba por adentro de ella precipicio abajo, hacia el desierto de la parca…
En el centro del desierto había una bandera blanca con una foto desteñida e infinita, que parecía contener los rostros de todos los seres humanos hasta entonces fallecidos. La parca esperaba confiada, contando los finados, toda palidez, toda sutileza, sonreída entre billones de huesos y caminos atestados de sueños irrealizados…
Los curiosos llegaron en helicópteros, en submarinos voladores, en burros con zancos y se arremolinaron alrededor de mi esplín con sus cámaras lúdicas, con sus omnipresentes celulares, con sus linternas naturales. Un tipo revisaba mis bolsillos en busca de algo de “valor”, otro me metió la mano en los senos con la esperanza de encontrar un billete sudado y sangriento, con el cual comprarse un cigarrillo en el bar de la primera esquina a su regreso a la civilización. Todo era confusión, una mujer se desmayó, un gato negro maullaba entre suspiros entrecortados, un payaso arrodillado ante mi cadáver me apretaba la mano inerte contra su pecho… pero mi alma, escapando de los ay, mezcla de terror y mofa de los paparasi, salió disparada por un hueco de la cartera y se fue corriendo en busca del tirano (saurus) Rex de la Mentira, que una vez más se había burlado de mi candidez.
© Patricia Velásquez de Mera
Abrí mi cartera y encontré que el espejo de maquillarme se había roto. Mi cara se veía cuarteada, como si los pedazos de vidrio realmente reflejaran la furia del tiempo…
Me perseguía un dolor insoportable, buscaba desaparecer, todo pasó tan rápido. Corrí sin rumbo a velocidad inverosímil. Me elevé en el aire y mientras volaba me brotaban alas que se derretían con la luz del sol. Caí de bruces en el bosque de los recuerdos, una suerte de valle atestado de árboles desnudos con los brazos levantados. Me paré como pude, lo busqué desesperadamente, preguntando aquí y allá por él, mostrándoles su foto pero ningún árbol lo conocía o a ninguno le importaba su paradero. Al final del valle había una montaña y supe que estaría ahí. Entré pisando fuerte, por si acaso, y lo vi durmiendo sobre un charco de mentiras. No me importó, me acerqué sin preámbulos y reconociendo mi olor, sin abrir los ojos, me hizo un espacio a su lado. Al encontrar su deseo, me fundí en él sin preguntas, arrancándome la entraña para ponerla bajo su vientre. El navegó a prisa por los pasillos de mi esencia, clavando mi memoria con el ímpetu de su pasión incandescente, hasta que llegó el orgasmo seguido de una fugaz eternidad de caricias.
El espejito de mi cartera era él … mi recuerdo roto era él, cada grieta era el vacío de mi bosque helado. El coito se hizo dos… nuevamente. Cuando cerré mi cartera, el empacó sus bríos para salir del escondite y se detuvo entre los árboles con los brazos apuntando al infinito. Pienso que trataba de pasar desapercibido… como siempre.
Yo me quedé con el espejito en la mano y empecé a correr nuevamente en dirección contraria al bosque. Había luces a lo lejos, creí que eran sus ojos gitanos que habían tomado un atajo para ganarme otra carrera. La ciudad parecía un pecado con su alegría casi navideña apoderada del dolor de mi mirada. Sentí frío, miré hacia atrás; el bosque se había vestido de nieve y dormía erecto, soñando con ardillas y flores silvestres silbando en luna llena. Sentí alivio de saber que toda su maldad estaría congelada por lo menos hasta que pasara el invierno.
Levanté los ojos al cielo, las nubes se habían puesto de pie, aplaudían, cantaban abrazadas al paso del espíritu de Luciano Pavaroti que ascendía humilde y heroicamente a su morada eterna… era 6 de Septiembre de 2007...
Sentí unas ganas de cantar “O sole mío…” pero el llanto me arrastraba hacia el malecón como si fuera un huracán. Pensé que era Katrina que había resucitado. Me sequé los ojos, apreté el paso, venía un bus. Estaba tan sola que el vehículo me pareció un dinosaurio recién amanecido después de un letargo de millones de años. Corrí a abrazarlo, a conseguir la noticia del siglo, a entrevistarlo sin micrófono, a mirarme en sus ojos más viejos que cuevas rupestres. Casi llegaba a él, sentí su aliento, su aroma, su mirada de asteroide, de estrella del pasado. El dinosaurio llevaba en el pecho un mensaje que yo no podía leer, y mientras me frotaba los ojos para descifrar el dato, otro bus salió del río y nos aplastó a los dos.
Al amanecer, yo no podía verme en el espejo, lo limpiaba para que mi rostro de novia plantada apareciera pero sólo había humo, misterio detrás del vidrio. Mientras tanto, la cabeza del dinosaurio se regó en rocío por la calle y se difuminó en el paisaje.
Al abrir la cartera, pude ver que mi voz rodaba por adentro de ella precipicio abajo, hacia el desierto de la parca…
En el centro del desierto había una bandera blanca con una foto desteñida e infinita, que parecía contener los rostros de todos los seres humanos hasta entonces fallecidos. La parca esperaba confiada, contando los finados, toda palidez, toda sutileza, sonreída entre billones de huesos y caminos atestados de sueños irrealizados…
Los curiosos llegaron en helicópteros, en submarinos voladores, en burros con zancos y se arremolinaron alrededor de mi esplín con sus cámaras lúdicas, con sus omnipresentes celulares, con sus linternas naturales. Un tipo revisaba mis bolsillos en busca de algo de “valor”, otro me metió la mano en los senos con la esperanza de encontrar un billete sudado y sangriento, con el cual comprarse un cigarrillo en el bar de la primera esquina a su regreso a la civilización. Todo era confusión, una mujer se desmayó, un gato negro maullaba entre suspiros entrecortados, un payaso arrodillado ante mi cadáver me apretaba la mano inerte contra su pecho… pero mi alma, escapando de los ay, mezcla de terror y mofa de los paparasi, salió disparada por un hueco de la cartera y se fue corriendo en busca del tirano (saurus) Rex de la Mentira, que una vez más se había burlado de mi candidez.
© Patricia Velásquez de Mera
viernes 7 de septiembre de 2007

UN AVE MARIA POR LUCIANO PAVAROTI
Se fue a dormir el cantor, se llevó la garganta en una cajita llamada corazón. Corazón gigante que se desbordaba en su sonrisa de niño, corazón travieso que logró enlazar la ópera con la música popular, corazón inmenso que resistió la fuerza extraordinaria de su voz sin detenerse, sin explotar de gozo por 71 años.
El tiempo se detuvo para Pavaroti pero él nunca se detendrá en el tiempo. Somos privilegiados los que presenciamos su paso por el mundo, pero las generaciones futuras lo conocerán aún más que nosotros porque las almas elegidas para la gloria, engendran más gloria al ser admitidas al otro lado del horizonte.
Luciano se llevó en la mano su pañuelo blanco que tantas veces blandiera a favor de la paz, ese que secara su sudor de amor, de entrega a su público que también se entregó a él sin restricciones. El planeta entero lo amó y lo escuchó con devoción y pasión. Cantando en italiano lo entendía el ruso, el inglés, el chino, el hispano. Fenómenos así derriban cualquier torre de Babel.
Luciano Pavaroti se llevó también una llave de sol que le habían bordado en un velo tendido a sus pies, cábala entre el gran sol y el gran cantor, quizá.
Paz en su tumba, música en su pañuelo, silentes las estrellas esperan su concierto.
D'Agor
Se fue a dormir el cantor, se llevó la garganta en una cajita llamada corazón. Corazón gigante que se desbordaba en su sonrisa de niño, corazón travieso que logró enlazar la ópera con la música popular, corazón inmenso que resistió la fuerza extraordinaria de su voz sin detenerse, sin explotar de gozo por 71 años.
El tiempo se detuvo para Pavaroti pero él nunca se detendrá en el tiempo. Somos privilegiados los que presenciamos su paso por el mundo, pero las generaciones futuras lo conocerán aún más que nosotros porque las almas elegidas para la gloria, engendran más gloria al ser admitidas al otro lado del horizonte.
Luciano se llevó en la mano su pañuelo blanco que tantas veces blandiera a favor de la paz, ese que secara su sudor de amor, de entrega a su público que también se entregó a él sin restricciones. El planeta entero lo amó y lo escuchó con devoción y pasión. Cantando en italiano lo entendía el ruso, el inglés, el chino, el hispano. Fenómenos así derriban cualquier torre de Babel.
Luciano Pavaroti se llevó también una llave de sol que le habían bordado en un velo tendido a sus pies, cábala entre el gran sol y el gran cantor, quizá.
Paz en su tumba, música en su pañuelo, silentes las estrellas esperan su concierto.
D'Agor
martes 4 de septiembre de 2007
INTEMPORAL, POESIA DE PATRICIA VELASQUEZ EN LA VOZ DE LA DECLAMADORA MIRELLA CENTANARO

Oleo sobre tela)
El CD “Intemporal”, proyecto que pertenece a Ligia Giler de Mera, contiene los poemas de Patricia Velásquez de Mera recitados por la declamadora Mirella Centanaro. El disco constituye una amalgama de talentos puestos al servicio de la poesía, misma que nos transporta por los caminos profundos y apasionados de Patricia, en la voz de Mirella, el extraordinario oído de Eddie Chiang Espinoza y la puesta en escena de todos estos elementos, que es obra de Eddie Chiang Centanaro.
“Intemporal”, poema con que se inicia el CD, nos hace correr con emoción en busca del amor imposible, nos invita a volar, a surcar el cielo hasta encontrar la felicidad detrás de alguna de sus nubes…
“El Bohemio” parece abrazarnos, casi podemos visualizar su piano, sus manos ansiosas, sus ojos soñadores. Su historia nos envuelve, nos deja con la sensación de algo que ocurre todos los días, en todas partes, un cuento sin aparente final feliz, que en el fondo es todo lo contrario: es el triunfo del amor más allá de las formas, allí en la memoria sentimental, en el recuerdo inalienable de dos amantes platónicos. Y quién no tuvo uno?
“A Veces Veo Rostros”, irrumpe en el silencio con todo el poder de su fuerza poética, y nos eleva a ese mundo del bardo, haciendo suspirar nuestros sentidos bajo el hechizo de la palabra musical. Y “nos dejamos llevar”…
“Intemporal”, poema con que se inicia el CD, nos hace correr con emoción en busca del amor imposible, nos invita a volar, a surcar el cielo hasta encontrar la felicidad detrás de alguna de sus nubes…
“El Bohemio” parece abrazarnos, casi podemos visualizar su piano, sus manos ansiosas, sus ojos soñadores. Su historia nos envuelve, nos deja con la sensación de algo que ocurre todos los días, en todas partes, un cuento sin aparente final feliz, que en el fondo es todo lo contrario: es el triunfo del amor más allá de las formas, allí en la memoria sentimental, en el recuerdo inalienable de dos amantes platónicos. Y quién no tuvo uno?
“A Veces Veo Rostros”, irrumpe en el silencio con todo el poder de su fuerza poética, y nos eleva a ese mundo del bardo, haciendo suspirar nuestros sentidos bajo el hechizo de la palabra musical. Y “nos dejamos llevar”…
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EL BOHEMIO
hablaba con sus manos
el bohemio
perfecto pecador
risa coqueta
apuraba con ansias
el licor
apretaba mi cuerpo
sin tocarlo
impregnaba mi aliento
con su voz
derramaba pasión
y sentimiento
jamás me confesaba su dolor
amante del placer
anacoreta
pedazo de la noche
alma de fiesta
sobre el piano
sus manos de campana
volaban de emoción
al repicar
la copa levantaba
con lágrimas de gozo
al paladear
el consuelo de esconder algún secreto
al fondo de su vaso de cristal
el bohemio
enigma de pesar
risa de llanto
payaso nocturnal
bailando a solas
alquimista del deseo
rebelde empedernido
solía acariciar con gran ternura
tan sólo la yema de mis dedos
para no claudicar
y casi claudicando
alguna de esas noches
aprendimos a vencer
el olor a orfandad
el bohemio
profundo sentimiento
habitante asiduo de mi diario
piedra filosofal
manos de barro
el bohemio
fantasma imprescindible de la noche
amigo irrevocable del paisaje
genio de la mala vida
el bohemio
magia extravagante
verso ululante
en mis recuerdos
beso inolvidable
encuentro esotérico
dos soledades
dos libertades
el bohemio y yo
hablaba con sus manos
el bohemio
perfecto pecador
risa coqueta
apuraba con ansias
el licor
apretaba mi cuerpo
sin tocarlo
impregnaba mi aliento
con su voz
derramaba pasión
y sentimiento
jamás me confesaba su dolor
amante del placer
anacoreta
pedazo de la noche
alma de fiesta
sobre el piano
sus manos de campana
volaban de emoción
al repicar
la copa levantaba
con lágrimas de gozo
al paladear
el consuelo de esconder algún secreto
al fondo de su vaso de cristal
el bohemio
enigma de pesar
risa de llanto
payaso nocturnal
bailando a solas
alquimista del deseo
rebelde empedernido
solía acariciar con gran ternura
tan sólo la yema de mis dedos
para no claudicar
y casi claudicando
alguna de esas noches
aprendimos a vencer
el olor a orfandad
el bohemio
profundo sentimiento
habitante asiduo de mi diario
piedra filosofal
manos de barro
el bohemio
fantasma imprescindible de la noche
amigo irrevocable del paisaje
genio de la mala vida
el bohemio
magia extravagante
verso ululante
en mis recuerdos
beso inolvidable
encuentro esotérico
dos soledades
dos libertades
el bohemio y yo
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A VECES VEO ROSTROS
a veces veo rostros
diluyéndose en lágrimas
deslizándose a rastras
sobre las paredes de mi espacio
son ojos sin palabras
que asumen mis secretos
que en grácil mansedumbre
descubren mis planicies
mis montañas
mis ventanas
mis lagos
las nubes de mi alma
la médula de mi volcán
son ánimas traviesas
nadando entre mis lienzos
volando en mis poemas
esculpiendo sus penas
sobre mi soledad
me invaden con su enigma
con su silencio abstracto
en mis eclipses de luna
me abrazan sin preguntar
son como pechos maternos
refugios en mi apatía
como musas derretidas
en el centro de mi pan
como marinos de goma
que me empujan a la orilla
las caras de mis fantasmas
me rescatan del pesar
y yo me dejo llevar
a veces veo rostros
diluyéndose en lágrimas
deslizándose a rastras
sobre las paredes de mi espacio
son ojos sin palabras
que asumen mis secretos
que en grácil mansedumbre
descubren mis planicies
mis montañas
mis ventanas
mis lagos
las nubes de mi alma
la médula de mi volcán
son ánimas traviesas
nadando entre mis lienzos
volando en mis poemas
esculpiendo sus penas
sobre mi soledad
me invaden con su enigma
con su silencio abstracto
en mis eclipses de luna
me abrazan sin preguntar
son como pechos maternos
refugios en mi apatía
como musas derretidas
en el centro de mi pan
como marinos de goma
que me empujan a la orilla
las caras de mis fantasmas
me rescatan del pesar
y yo me dejo llevar
sábado 1 de septiembre de 2007
MAPA DE AMOR Y DE DOLOR... poesía

MAPA DE AMOR Y DE DOLOR fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. En la foto, el Alcalde de la ciudad Jaime Nebot visita el stand y recibe el libro de manos de Francisco Silva Romo.(Foto de la portada: "NUEVA ORLEANS, AMOR MARINO" por Patricia Velasquez de Mera, Cherry Hill, 2001. Oleo sobre tela)
“Mapa de Amor y de Dolor”, Ediciones Abya-Yala, Quito, 2007, de Patricia Velásquez de Mera, es una recopilación de versos tomados al azahar de su “montaña de poemas” como le llama la autora a su colección, levantada palabra a palabra, en distintos momentos de su evolución como escritora. Podemos encontrar en este libro versos cargados de ilusión, de desencanto o de coraje de sus días adolescentes, junto a poemas recientes, en donde con serena madurez la artista le canta a sus hijos, a su madre, al amor, a la soledad, a la amistad, a la vida, a la muerte.
Lo que impacta de la poesía de esta ecuatoriana talentosa, es la peculiaridad en la descripción de paisajes, de circunstancias, de sensaciones.
Una pieza sumamente importante de este mapa azulado de desbordante creatividad, es el monólogo poético dirigido a Edgar Degás, quien la autora considera muy cercano a pesar de que no coincidieron físicamente en la vida. Edgar Degas falleció en París en 1917, Velásquez de Mera nació en Guayaquil en 1951….
“De los mil poemas que ella escriba, me gustan mil”, solía decir el Dr. David Cook, poeta y profesor de literatura, quien fuera su maestro en Nueva Orleáns. Y si buscamos ubicarla en uno de ellos, “A Manera de Introducción”, constituye un resumen de su pensamiento crítico-filosófico humanista, que es sello inconfundible en su obra. Luego, cada tema es una puerta abierta, una sorpresa, una revelación, sea que cuente su historia o la del vecino, la del cura, del mendigo o el repatriado.
Desde su faro vigilante, la poeta observa, no olvida las calles de su lejana Guayaquil, aunque dedica la obra a Nueva Orleáns. Pero sale de las dos ciudades, camina mapa en mano recorriendo espacios y rostros relegados, nos invita con su magia a viajar, a dejarnos llevar por su palabra autorizada.
RJM
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Al corazón de EDGAR DEGAS (1834-1917), sembrador de mi horizonte azul…
CARTA A EDGAR
cómo no amar los lagos de tus ojos
libertad de mi horizonte
claros lunáticos
árboles de viento
agua dulce
agua bendita
que apacigua
que abraza
que alimenta
cómo no esperarte
en la orilla anacoreta de mis cuentos
si eres talismán de mis quimeras
bordador sin tiempo
sin fronteras
del verdor excitante de mis sueños
qué importa lo que opine el resto
bailas en mis fantasías
perspicaz enamorado
tocando y no tocando
música clandestina
iluminando tu espectro
sobre el jardín de mi ocaso
tus musas alborotan mis pinceles
esfuman mis tinieblas
con sus cantos de sirenas
fornicando con las luces del parnaso
despeinándole los duendes a ese bardo
que duerme apretujado entre tus brazos
Edgar Degás
cómo no habitar tu paraíso
de espaldas a la peste a la debacle
si en el balcón de las estrellas de tus ojos
florecen mis policromos antojos
alumbrando con flores las esquinas
despertando las ninfas de mis ruinas
eres duende de mi utópica aventura
de tu mano extasiada vuelvo al polvo
me esfumo del mundano sentimiento
me transformo en color
abandono el dolor
de frente al lienzo
si ascendiste entre dibujos a mi historia
rescatando con luz
mis sentimientos
si como un mago
en soplo de tus dedos
echaste a volar tus bailarinas
sobre el barniz azul de mi cuaderno
si enciendes mis rincones
si abrazas con ternura protectora
el fantasma omnipresente de mi esplín
si alborotas las flores de mi huerto
si me dibujas ventanas en el viento
estrellas en las sábanas
caramelos en el cielo
cómo no amarte?
martes 28 de agosto de 2007
ENTRE DOS RIOSBaez Oquendo Editores, Quito 2001.
(Foto de la portada: "TRECE DE OCTUBRE" por Patricia Velasquez de Mera, Nueva Orleans 1997. Oleo sobre tela)
Para Patricia Velásquez Villacís “el arte es un par de gafas / devorando imágenes”, y hay que señalar que la voz lírica de ENTRE DOS RIOS devora todo cuanto flota en su entorno con una sapiencia y una sensibilidad únicas. Con éste, su primer poemario, esta escritora se rebela y se revela como una de las voces más prometedoras de la poesía ecuatoriana. Sus textos, a caballo entre el sonsonete clásico y el verso libre, fulguran como diamantes en la oscuridad. Una prostituta, un cantante, una guerra… Todo es poetizado por la mirada atenta de una poeta que es toda espontaneidad, toda temblor, toda ilusión.
El título alude a dos geografías que la autora conoce perfectamente: la una, la norteamericana, con el majestuoso Mississippi al que escritores como William Faulkner o Mark Twain han dedicado memorables páginas; y la otra, el espacio ecuatorial, con el incesante vaivén del río Guayas, al que poetas como Medardo Angel Silva y Abel Romeo Castillo han cantado en algunas páginas de gran color local, color omnipresente en este poemario. Entre los títulos más importantes de este río de poesía, hay que rescatar “Nueva Orleáns”, “Inconsolable”, “Gitana” y”Trade Gris”, por nombrar tan solo cuatro.
En la narración con la que se cierra este libro, titulada “Capítulo 14”, Velásquez ratifica los dotes de narradora que ya demostró en “El Porvenir de Aniata”, su primera novela. Tomando como referencia un personaje periférico, la autora, como la excelente pintora que es, apuesta por bosquejar el retrato de cuerpo entero de Marina Cajas. Se trata de un cuento de gran elaboración en el que destaca el magistral manejo del humor.
ENTRE DOS RIOS constituye la prueba irrebatible de que estamos ante una escritora multigenérica. Su fácil dominio de la poesía, de la narrativa breve y larga, nos hacen esperar más obras desde su exilio. Salud por ella.
Por: Marcelo Báez
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SER POETA
es mi castigo
mi privilegio
mi destino
mi quimera
mi fusil
mi corazón en la mano
soy poeta
espina que pende del sol
fango y arco iris
árbol de dolor o de manzanas
lágrima que cristaliza
las paredes del dolor
le canto al viento
a las mañanas frescas
a las frutas prohibidas
al mar a las montañas
el verso brota
aunque no haya paz
y Colombia se desangre
aunque la luna se oculte
y Sarajevo esté en ruinas
“decir que eres poeta
te va a costar muy caro”
le decía a Cándido su madre
“dirán que estás loco
te acusarán de terrorista
si les apesta tu voz
te borrarán del mapa”
así...Cándido murió de algún disparo
con una bandera cansada
incrustada en su nirvana
hoy debe estar en el limbo
mientras yo sigo cantando
sigo cantando en su nombre
en su nombre y por su causa
todavía estoy aquí
todavía soy poeta
todavía soy mendigo
prostituta jornalero
ama de casa
todavía en las mañanas
saco a caminar mi cara
desafiante alzo los ojos
para ver quien me dispara
todavía en el crepúsculo
vuelvo al parque ilusionada
para ver caer el sol
con la esperanza infinita
de que el paisaje se lleve
la injusticia entre sus alas
vuelve el amanecer
con sus trompetas de calma
pero no ha cambiado nada
la lengua se me hace nudos
el poeta se desata
los insultos de gitana
puros sin maquillajes sin murallas
acarician la verdad
ojerosa y demacrada
soy poeta
divido el silencio en varios
uno es el es santo bendito
de los altares de barro
el cómplice y el payaso
que comen del pan robado
de los gobiernos de turno
versos viejos y gastados
otro es ese pobre diablo
que no habita en los volcanes
que no se quita la máscara
que no abraza tempestades
que no sepulta en la mierda
a ladrones y cobardes
o el silencio intrascendente
que no danza sin temores
al ritmo de la historia inesperada
que no se arriesga entre botas
para recoger el lodo
de satánicas pisadas
que no zurce con sus rimas
sobre la sangre vertida
la oración de paz violada
o el silencio que suspende
viejas ansias en la nada
soy poeta
beso con ternura y reverencia
la frente sudorosa del que sufre
las manos agrietadas del obrero
la sonrisa gastada del que implora
me comprometo a buscar
entre los atardeceres
una rima que calce
entre el terror de un soldado en guerra
y las lágrimas de pavor
de una criatura violada
mientras otros rezan
yo afilo mi lápiz
cuando oigo disparos
en las madrugadas
mientras otros lloran
yo arrojo esperanzas
en los funerales
con palabras caras
mientras otros ríen
yo abrazo con letras
las desesperanzas
de la raza humana
soy poeta
le canto al hombre
a su melena sabia
a sus amaneceres promisorios
a sus atardeceres a sus ansias
este es mi trabajo
escribirle canciones a mi padre
arrodillada ante su tumba fría
besando sus ojos tristes
su rostro mudo carcomido y ermitaño
a través del cemento y la nostalgia
soy poeta
poeta con minúscula
sin poses pero con alas
como un caracol etéreo
que aspira a besar la luna
salpicándola con agua
como un pájaro encelado
suspirando entre las ramas
esperando ilusionado
la visita de una pájara
soy poeta
humilde ciudadana
metáfora de guerra y esperanza
mujer de muelas gastadas
mi atavío de cristal de lodo y caña
solamente es un juego de palabras
pretendiente de formas literarias
soy poeta
porque para escribir
me desnudo el alma
aunque tiemble de frio
aunque el sol
me calcine la calma
soy poeta
como millones de aguerridos voluntarios
que no esconden la voz del dolor bajo sus mantas
y aquellos que se nieguen a escucharme
irán por el mundo cantando
los versos que el poeta canta
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TO BE A POET (Original version in English)
this is my punishment
this is my privilege
being a poet
this is my destiny
my chimera
my fingertip’s riffle
mud and rainbow
somebody nobody
apple tree
pain tree
a thorn pending from the sun
a tear crawling all the walls
an old man walking alone
somebody nobody
eating fresh fruits
promising a god
when the truth is tired
when Colombia is bleeding
when Madrid cries
when the Twin Towers are gone
“Candid…are you a poet?”
dearly dreams
monologues…short life…
“don’t be a poet
you’ll be foolish
you’ll be dangerous
you’ll be a spy…”
so…Candid was killed last night
at the core of his nirvana
they planted a broken flag
on his hand
they crushed a banana
tonight
barefooted
his bleeding soul
is hiking the stars
i am still here
i am still a beggar
a prostitute
a homeless
a soldier
a housewife
a poet
i am still here
words come out of my mouth
like gipsy insults
pure
without make-up
without walls
still in the mornings
i walk out my face
lifting my eyes
to feel how Candid flies
his pain is inside
over the surface
around corners
before shadows
behind masks
i can’t shut my mouth
in betrayal silence
for when I gallope the streets
the sadness of Candid
hangs from every man
clinging to my chest
begging for a word of hope
yes i am their poet
i touch the flowers
over the petals
i feel their joy
up on the trees
unlocked wings
i sing with birds
exchanging feathers
until it’s dusk
i’ll be a poet
to move my pen
through the unexpected history
dragging it under the boots
collecting the mud of their steps
reciting spoiled peace prayers
across rivers of blood
i’ll find a phrase to be shared
by the internal purity of a prostitute
and the sadness of a raped child
i’ll be a poet to sharpen my pencil
when in the darkness I hear the shots
I won’t sit on a rock
to count comets
to wait for the circus
to enjoy the nights
i’ll be a poet
the children of the wars
will never die
and for my father
i’ll search the skies
with all my verses
to find a Parnaso
for him to hide
my nose smells love
my arms are concave
my land is twilight
i am still a poet
and if i die tomorrow
I’ll pass my torch
to a poet’s hands
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SOLAMENTE UNA VEZ
húmeda de los pies a la cabeza
sosegado el instinto y la ternura
repleta la entraña
quieta el alma de besos…
sin embargo
el desconsuelo es total…
porque para cuando el mar regrese
tú y yo
sólo seremos un punto en la geografía del recuerdo
un grano de arena suspendido en el aire
esperando el retorno del instante perfecto
para amarnos con todas sus implicaciones…
pero para entonces
tú y yo
…
ya no seremos…

EL PORVENIR DE ANIATA
Abrapalabra Editores, Ecuador 1996 (Foto de la portada por Maria-Dominique Verdier. Francia)
El Porvenir de Aniata es una obra que impresiona insondablemente por la proyección y claridad de la autora reflejadas en cada una de sus páginas, el encuentro con las vivencias, la actualización y futurización de lo nuestro (Porvenir : Por – venir) escrito con la sencillez que sólo pueden los grandes; ese “darse la mano” con lo que sigue siendo y aunque se lo mire de lejos “se está allí”. Se necesita genialidad para mantener la lucidez en la oscuridad de la distancia.
Aunque a finales de siglo el pragmatismo económico y la estadística numérica son los signos de la realidad mundana, esta novela sacude y refresca con sus palabras, nos enfrenta a través del espejo de una escritora, a la oculta enmascarada verdad de que todavía hay seres que piensan que la criatura terrenal tiene derecho a ser dignamente nombrada y no numerada.
El baño de incentivos traídos por este libro reflejan la esencia de la autora “su inspiración era como un saco sin fondo, siempre que metía la mano en él, encontraba alguna nueva idea que explotar”, o en “fue la relación que envuelve lentamente el otoño en hojas multicolores de tonalidades maduras, dejándolas caer a manera de gotas, suavemente, hasta abrazar la aridez del frío invernal con la serenidad de los árboles mayores, que aún cuando están sin hojas, nos protegen con la sombra de su robusto tronco”, qué maravilla!, escrito así en los instantes en que el hombre vive la era de la deslealtad, nos tonifica y nos hace seguir creyendo en el hombre.
El Porvenir de Aniata es el amor, es la reciprocidad que busca equilibrio, porque el equilibrio puro es antihumano, ese equilibrio del querer que sea y no importa que no sea porque lo posible se convierte en el transcurso de la existencia en lo imposible, siempre anhelamos más y más, ese imposible es como el horizonte, lo vemos, lo admiramos y no lo alcanzamos, allí está lo hermoso de la vida, en la constante de buscar lo supremo aunque partamos de sima para llegar a la cima.
“La voluntad y el amor no tienen tiempo ni espacio y sí saben escuchar la voz de la naturaleza” y el hombre no es naturaleza?. “Era tan enriquecedor ser dos almas en una, dos plumas en un mismo papel, en un mismo sueño, en un mismo ideal”… “La prueba más grande de amor te la voy a dar el día en que me muera, porque desde donde esté, volaré a ti, ya no en busca de tu sonrisa que me enloqueció en la librería del Viejo Verde, no, esta vez le haré el amor a tu espíritu, y por fin, despojado de la pequeñez de este cuerpo, voy a dejar un recuerdo imborrable en el tuyo, más el compromiso de una reunión definitiva cuando tu ciclo se complete”… He ahí la catarsis, la búsqueda final de lo humano, la tranquilidad después de la tormenta de la vida. Y qué es más humano que lo humano?
Siendo el principio filosófico de la vida “nacer es comenzar a morir” fundamento indispensable del existir, lo vemos reflejado en “la muerte nos llega sensual y silenciosa, misteriosa y decidida y nos envuelve en su encanto con la sutileza del más allá”, “como si los muertos no fueran parte de los vivos”; verdad y mentira, oscuridad y claridad, vida y muerte, todas son lo mismo en el encuentro, en la integración, en lo sólido del ser, nos forman y nos deforman a la vez pero seguimos siendo lo mismo.
El Porvenir de Aniata es una obra que impresiona insondablemente por la proyección y claridad de la autora reflejadas en cada una de sus páginas, el encuentro con las vivencias, la actualización y futurización de lo nuestro (Porvenir : Por – venir) escrito con la sencillez que sólo pueden los grandes; ese “darse la mano” con lo que sigue siendo y aunque se lo mire de lejos “se está allí”. Se necesita genialidad para mantener la lucidez en la oscuridad de la distancia.
Aunque a finales de siglo el pragmatismo económico y la estadística numérica son los signos de la realidad mundana, esta novela sacude y refresca con sus palabras, nos enfrenta a través del espejo de una escritora, a la oculta enmascarada verdad de que todavía hay seres que piensan que la criatura terrenal tiene derecho a ser dignamente nombrada y no numerada.
El baño de incentivos traídos por este libro reflejan la esencia de la autora “su inspiración era como un saco sin fondo, siempre que metía la mano en él, encontraba alguna nueva idea que explotar”, o en “fue la relación que envuelve lentamente el otoño en hojas multicolores de tonalidades maduras, dejándolas caer a manera de gotas, suavemente, hasta abrazar la aridez del frío invernal con la serenidad de los árboles mayores, que aún cuando están sin hojas, nos protegen con la sombra de su robusto tronco”, qué maravilla!, escrito así en los instantes en que el hombre vive la era de la deslealtad, nos tonifica y nos hace seguir creyendo en el hombre.
El Porvenir de Aniata es el amor, es la reciprocidad que busca equilibrio, porque el equilibrio puro es antihumano, ese equilibrio del querer que sea y no importa que no sea porque lo posible se convierte en el transcurso de la existencia en lo imposible, siempre anhelamos más y más, ese imposible es como el horizonte, lo vemos, lo admiramos y no lo alcanzamos, allí está lo hermoso de la vida, en la constante de buscar lo supremo aunque partamos de sima para llegar a la cima.
“La voluntad y el amor no tienen tiempo ni espacio y sí saben escuchar la voz de la naturaleza” y el hombre no es naturaleza?. “Era tan enriquecedor ser dos almas en una, dos plumas en un mismo papel, en un mismo sueño, en un mismo ideal”… “La prueba más grande de amor te la voy a dar el día en que me muera, porque desde donde esté, volaré a ti, ya no en busca de tu sonrisa que me enloqueció en la librería del Viejo Verde, no, esta vez le haré el amor a tu espíritu, y por fin, despojado de la pequeñez de este cuerpo, voy a dejar un recuerdo imborrable en el tuyo, más el compromiso de una reunión definitiva cuando tu ciclo se complete”… He ahí la catarsis, la búsqueda final de lo humano, la tranquilidad después de la tormenta de la vida. Y qué es más humano que lo humano?
Siendo el principio filosófico de la vida “nacer es comenzar a morir” fundamento indispensable del existir, lo vemos reflejado en “la muerte nos llega sensual y silenciosa, misteriosa y decidida y nos envuelve en su encanto con la sutileza del más allá”, “como si los muertos no fueran parte de los vivos”; verdad y mentira, oscuridad y claridad, vida y muerte, todas son lo mismo en el encuentro, en la integración, en lo sólido del ser, nos forman y nos deforman a la vez pero seguimos siendo lo mismo.
El dictamen es el haber de los jueces, ellos tienen la potestad de decidir sobre nosotros. Evitar el malsano dedo acusador es la impronta de los hombres, en lo moral es la barrera que dignifica el final de la existencia, ese final inesperado que nos permite mirar que “sólo los sentenciados por el propio hombre se mueren a la hora exacta. Los demás se mueren cuando la naturaleza así lo decreta”.
Dr. Wilson Cueva Román
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