domingo, 14 de septiembre de 2014

DOMINGO PLACENTERO

Domingo placentero. Esta tarde el clima fue perfecto en la estancia de Dagor. El cuaderno prometía visitar paisajes épicos. Las aves bohemias descansaban de sus excesos nocturnales entre árboles cómplices y la promesa de un crepúsculo cercano. Los gatos del barrio guardaban silencio y energías para la noche.
Pero el pincel y la pluma estuvieron parcos a pesar de la bonanza del día. Libres como el ave que los transporta en su vuelo mágico, sentían desde lejos la incertidumbre que oprime a otras plumas, mientras algunas se han dejado seducir por el indiscreto y avasallador encanto de la dictadura.
Dagor esperaba involucrándose en gestiones cotidianas, los seguía de puntillas con la esperanza de que en algún momento se armaran de fe, de valor, giraran hacia un punto de luz, y se encontraran de cara al sol con la libertad, esa diosa multicolor e indestructible que siempre está allí, esperando por todas las miradas, aunque a veces se oculte tras la cortina de humo de audaces tiranías.
Pero se hizo tarde, hoy el cuento quedó inconcluso. Mañana será mañana.
Barcelona hizo lo suyo. Amarilla como el sol, rubrica el domingo con un triunfo que siempre llega al alma.
Dagor

EL SILENCIO Y LA PALABRA

Desde el rincón predilecto de mi cueva urbana, rodeada de fotos y relojes que me cantan verdades matemáticas, escribo el poema del silencio.  No es fácil concentrarse mientras la gata golpea la puerta con su puño y afuera los grillos discuten con las luciérnagas a viva voz.
Lentamente vuelve la anhelada calma. La ventana me observa compasiva. A ratos se pone de espaldas para entregarse a la contemplación de la luna.
En esta noche de llamaradas solares,  de insomnios inducidos, de balcones lejanos y de ansias fortuitas, el grito histérico de algún pajarraco sonámbulo me pone en perspectiva. Y afortunadamente, como un acuerdo tácito entre mi cerebro y el de la computadora, brota la certeza de que el silencio y la palabra son incompatibles, porque para que el uno ejerza sus funciones, la otra, siempre tendrá que callarse. Y viceversa...
Entonces, dos y cuarenta y cuatro canta el reloj, y le hago caso. Hora de descansar entre mis propios brazos.
Dagor