domingo, 14 de octubre de 2007

NO A LA PROSTITUCION!

Leyendo los diarios de Ecuador hace unos días, me llamó la atención un artículo que mencionaba que en alguna ciudad se había reubicado a las”trabajadoras sexuales”. Acompañaba al escrito la foto de varias prostitutas sentadas de espaldas a la cámara, sesionando con un panel de autoridades, mitad del cual eran hombres cuyas caras sí se podían ver ya que no se trataba de rostros de pecadores/as. Las espaldas de las acusadas que sin fórmula de juicio se debaten en la cárcel de la desesperanza, esas que amanecen y anochecen con un pie en la cuerda floja del abandono perverso y mañoso de una sociedad acostumbrada al doble discurso, más parecían pizarras marcadas por la X del sexo impúdico. Y por si fuera poco, delante de las acusadas, sentados en primera fila se podía ver dos policías, muralla humana entre los santos subidos en el pedestal del poder y las malas, abajo, en el llano del pecador confeso sin posibilidad de redención o derecho a la libertad.

Al parecer se ha dispuesto en Ambato –pudo ser en cualquier parte-, que “las damas de la noche”, se alejen de alguna plaza que ha sido remodelada y no caminen cerca de las flores recién sembradas, de los bancos con pintura reluciente y los jardines maquillados porque los ciudadanos de esa ciudad no quieren verlas, se conforman y están de acuerdo con saber que existen, que cuando las necesiten pueden encontrarlas en alguna casa de cita, y con permiso municipal pueden meterse en la pocilga y al cerrar la puerta o bajar la cortina, pueden hacer con ellas lo que se les pegue la gana. Y que ellas sin protestar, a cambio de un pago humillante y miserable, van a recostar sus cuerpos cansados y solitarios sobre catres inmundos en los que pueden ser devoradas por algún macho que se vuelve criminal sin siquiera entenderlo, creyendo ser muy hombre, cuando colabora con el resto de la humanidad en el atraco cobarde y permanente a estas mujeres, la gran mayoría madres de familia, jóvenes o viejas, convertidas por todos en escoria, a quienes por permitir que las humillen dentro de su propiedad, el burdel les cobrará por uso de habitación y ellas pagarán agradecidas por la oportunidad para ejercer su trabajo.

Qué fácil es para las feministas hablar de otros temas, adoptar poses de intelectuales, gastarse las horas ocupadísimas deliberando sobre temas tan largos y confusos como las últimas papeletas electorales, mientras olvidan convenientemente quiénes han sido los que han dictado las leyes que permiten y que a lo largo y ancho de la historia, han fomentado y protegido la prostitución. Dónde están las poetas con sus cantos románticos o sensuales que no utilizan su verbo para levantar polvaredas y correr a rescatar a las prostitutas con declaraciones inminentes de cese a la agresión masculina? Y en qué lugar se arreglan las uñas las descollantes figuras femeninas de la política nacional, las profesionales de todo nivel, para irlas a buscar y recordarles frente al espejo, que el mensaje más claro y contundente de igualdad que podemos lanzarles a todos los hombres del mundo, es el NO A LA PROSTITUCION!

Con qué derecho se atreve un hombre a disponer en dónde puede otro hombre victimar a una mujer, sin que se lo juzgue o castigue por ello?

Con qué derecho y con qué cara dura, unas señoras de no sé que comité o institución, se organizan con los hombres para respaldar el vejamen público y el atraco privado del que son objeto nuestras mujeres, en lugar de constituirse en grupos que las defienda y las rescate de su horrorosa suerte? Si nadie les ha dicho antes que son traidoras o cómplices por pactar con los agresores, por callar u omitir, aquí está el adjetivo que se merecen, aunque capaz desconocen que participan en la embestida porque cuando la infracción se vuelve costumbre, a veces, hasta se la llega a considerar una virtud.

Que no me vengan con el cuento de que las mujeres son prostitutas porque ese es su deseo, también los ladrones y los asesinos lo son porque quieren o porque la sociedad los ha empujado a la marginalidad y a ellos sí los arrestamos, los encerramos y tratamos de rescatarlos, de mostrarles otras oportunidades, de reinsertarlos en la sociedad para que vivan alejados del delito, pero a las prostitutas nadie les impide ejercer, solamente les reducen su territorio para tenerlas bajo control, prácticamente las amontonan una sobre otra para seguirlas dominando y saber donde están en caso las necesiten para algo.

Quienes en breve llegarán a Montecristi con mayoría absoluta a supuestamente cambiar el país, que vuelvan los ojos por un segundo a los rostros de Magdalena crispados por el dolor, escupidos por la sociedad y promuevan leyes que declaren a la prostitución un delito!!! El nuevo mandatario tiene más féminas en su gabinete que ningún otro en la historia del Ecuador, pero el ciudadano Presidente fácilmente puede hacerle un espacio en su salón de sesiones a mujeres instruidas, llenas de ideas que favorecen el cambio que propugna, mas hay otras mujeres al final de la fila, miles de ellas, cuyos cuerpos y almas están hechos jirones por el abandono y el desprecio con que son tratadas.

Solemos a diario hacer leña del árbol caído, lo necesitamos para sentirnos poderosos.
Vivimos felices regodeándonos en el cobarde consuelo de que la prostitución es la profesión más vieja del mundo. Para que la pionera de las trabajadoras sexuales apareciera sobre el paisaje de La Tierra, primero debió existir un hombre sin escrúpulos que hizo pedazos la dignidad de una mujer.

Las prostitutas tienen luz verde para dejarse asesinar lentamente, lejos de nuestros hogares, siempre y cuando no se paseen por nuestra calle o no se detengan a ofrecer sus agotados cuerpos bajo el mismo farol que nos alumbra a los demás. Organizamos a las meretrices, las condenamos a aceptar públicamente que están perdidas, que no tienen esperanza, cuando los que estamos perdidos somos nosotros, quienes por unanimidad levantamos sin pereza el dedo acusador para proclamarlas putas, malditas, sucias. Y porque somos generosos les obsequiamos el máximo derecho para ciudadanas de su categoría: obtener el carné de sanidad que garantiza que el sida o alguna otra peste execrable, no se les ha pegado a su anatomía y que están listas para servir a cualquier malandrín de doble discurso, permitiéndole que las devore en cuerpo y alma, en un acto salvaje con el que nos hemos acostumbrado a convivir.

Patricia Velásquez de Mera
Raleigh, USA 2007