martes, 31 de julio de 2012

La niñez es un soplo de inocencia y energía. Como resultado de ello, en la adolescencia nos convertimos en una especie de motocicleta corriendo a altas velocidades, muchas veces sin saber a dónde vamos. Al llegar a la juventud parqueamos la moto y nos introducimos en un laboratorio de ideales. En menos de lo que canta un gallo, se aparece “la madurez”, misma que debe ser opcional, ya que algunos optan por ella mientras otros no se interesan en alcanzarla. Finalmente, aunque insistamos en saltarnos la madurez, arribamos a la vejez, suma de todo lo vivido, prolongada exhalación de sabiduría. El viejo es capaz de caminar sin bastón y casi a ciegas, puede disfrutar de un baile sin un ay aunque cargue todas las enfermedades acumuladas en su cuerpo, y logra guardar silencio en medio de ruidos, superficialidades, atropellos, injusticias y abandono. El viejo busca el horizonte con gracia y su palabra casi siempre es una sentencia, se aleja sin prisas pero al hacerlo ya no piensa en él, desea que los que irremediablemente le seguimos, aprendamos de sus experiencias… (c) Dagor PVV

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