martes, 25 de septiembre de 2012

Me lo contó con la suavidad que le caracteriza. Cuidadosamente hilvanaba cada palabra con la siguiente: “El sol me seguía mientras avanzaba camino arriba por la carretera de Les Alpes Maritimes. Siempre habrá magia entre las montañas, el sol y yo, por eso, la felicidad que me embargaba ese día, no era nueva. Las casitas en fila se empinaban alegres sobre el paisaje lejano, hasta que llegué al pueblo y pude apreciar de cerca su belleza. Parecían cajitas musicales a punto de abrirse. Había cientos de carros parqueados en ambos lados de la vía. Avancé en la dirección del instinto y cuando viré por una callecita, allí estaban todos. El pueblo entero se había volcado sobre una feria de alimentos y chucherías. La iglesia resplandecía con sus puertas abiertas, los colores de las carpas de los comerciantes bailaban ante mis ojos, las risas de hombres y mujeres contaban historias, las mejillas rosadas de los chiquillos correteaban sin parar alrededor de mi corazón; todo hablaba de una esplendorosa mañana de domingo. Seguí rodando lentamente hasta detenerme en el espacio que me esperaba. Abrí la ventana y allí estabas tú… El olor a romero, a flor de lavanda, a fruta fresca, me invadió los sentidos, trajo a mi memoria el aroma inconfundible de tus cabellos. Qué ganas de abrazarte en ese instante. Caminé despacio entre los compradores y encontré una baratija para ponerla en tus manos a mi regreso…”. (Dagor)

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