martes, 19 de agosto de 2014

DESPEDIDA A MI MADRE

Las voces del viento abrazan tu silencio, Madre. Tus plantas languidecen porque son prolongación de tus dedos y de tu ternura. Los retratos de los abuelos no disimulan su alegría al percibir tu cercanía. Un vehículo amarillo espera en silencio en el umbral del hastío para transportarte en marcha triunfal hacia la cima de la libertad. Tu nave con el escudo del Barcelona, no tendrá más luces que las estrictamente necesarias, las suficientes para no perderte entre las nubes de la atmósfera en el camino a la eternidad, porque de tu sencillez no cabe esperar faros halógenos que pretendan competir con las estrellas.
Te ‘’vas en mayo, mes de la Virgen a la que tanto amaste y bajo cuyo manto te cobijaste en momentos de duda y de dolor. Ojalá cambies de parecer y regreses o todos se equivoquen para que sigas gozando del amor de Muñeca, tu lazarillo, tu perrita fiel, y para poder seguir nosotros regodeándonos en el privilegio sin par de escuchar tus reflexiones contundentes que tantas veces nos dejaron estupefactos por su originalidad.
Largo ejercicio de humildad ha sido tu vida, Madre. Preferiste colocarte a la sombra, entre los árboles del sendero, para que otros brillaran en fotos, en poses y privilegios pasajeros que creyeron permanentes. Sabia decisión porque al final, no quedaste en deuda con facturas de arrogancia, y tu pase al infinito está garantizado al término de la distancia terrenal.
Simplemente has cerrado tus párpados, nos has escondido tu mirada de gitana, profunda, penetrante, te llevas esas dos lunas de aguda expresión, que como faros en medio de la oscuridad, me llevaron a puerto seguro cada vez que la fortuna me permitió volver al hogar, a Guayaquil, simplemente para abrazarte en silencio y encontrarle sentido a lo imposible... Y para remendar los estragos del tiempo y la distancia, entre café con patacones, retratos familiares y nomeolvides, nuestras tertulias tuvieron hora de entrada, pero nunca de salida.
Madre, se te partió el tiempo entre el ayer y el nunca más esa noche de sábado. El calendario te dijo hasta aquí pero tú, rebelde hasta el último suspiro, no le hiciste caso y seguiste batallando con toda la fortaleza que te caracterizaba. Hoy, una semana después de nuestra despedida, sigo escribiendo aunque ya las palabras no me sirvan para alcanzarte, para volverte a besar la frente. Has exhalado tu último suspiro frente a los que tuvieron la suerte de acompañarte hasta el último momento. Estos últimos días, mientras vivías tu calvario, a todas tus fotos les creció un brillo inusitado alrededor. Tú, que parecías eterna, que siempre te arreglabas para sonar feliz al otro lado del teléfono, que nunca confesaste que prácticamente estabas ciega y me describías las cosas como si en verdad las estuvieras viendo, has decidido aceptar el boleto para ingresar al parque de la felicidad, abandonar la barca al pie de la orilla y caminar descalza sobre el agua que humedece el otro lado del horizonte. Aquí nos quedamos los que todavía tenemos tanto que aprender. Nos dejas unidos por el dolor, navegando abrazados entre una avalancha de recuerdos y nostalgias, entre dudas inútiles por lo que pudo ser pero no fue. Nos aferramos a tus fotos en días felices, cuando en realidad las últimas son las que reúnen todo el peso de tus arrugas; ese invaluable, maravilloso equipaje de tus experiencias.
Hay quienes se angustian porque vas a estar sola. Diles, Madre, que siempre lo estuviste; que todos lo estamos. Y ahora que empiezas a hablarnos de otra manera, cuéntales que amaste la soledad, que la cuidaste con garras porque como pocos, comprendiste que ella, es nuestro único destino.
Guerrera sui generis, incomprendida, dueña de tu propia lógica, gracias por esa pasión con la que defendiste a tus hijos, porque con ella, nos mostraste la manera de luchar por los nuestros.
Gracias por no haber sido perfecta, Madre. Sin lugar a dudas, esa fue la más sabia de tus enseñanzas, porque así nos diste la oportunidad de equivocarnos sin tenernos que esconder, de llorar sobre los fracasos pero por poco tiempo y luego levantarnos fortalecidos por el deseo, por el derecho de crecer, o simplemente de ser.
Campeona de la ternura en mi lejana infancia, quiero decirte que tu partida me sume en el más profundo dolor, no porque no acepte que tu ciclo se haya cumplido, sino porque tu presencia física le daba sentido a la mía, y porque ninguna mirada me dio tanto sin esperar algo a cambio, como la tuya. Ningún par de manos me brindó tanto amor como lo hicieran las tuyas. El sol resplandecía adentro de mi pecho cada vez que aterrizaba en nuestro puerto y me paraba ante tu figura menudita tan necesitada de ternura. Hoy, mi sol palidece contigo.
Yolanda, la amante apasionada del Barcelona, la de la canción de Pablo Milanés, la que no vivió para contarnos cuentos, la que cantaba las verdades sin que le temblara la voz. Tú, realmente "nos desnudabas con siete razones", porque "nos abrías el pecho" con tus contundentes respuestas, al más puro estilo del famoso trovador.
Mujer bella, no te envaneciste por los halagos del espejo, no perdiste la brújula en tiempos de abundancia, ni enloqueciste de cara a la adversidad que tan frecuentemente empañara los cristales de tus lentes. No le temiste a las carencias, aceptaste los cambios circunstanciales sin protestar y te adaptaste a ellos con extraordinaria humildad.
Fue fácil pintarte Madre, te metiste en el lienzo con tu espesa cabellera azulada y me iluminaste el taller con esa sonrisa tímida, transparente, que ni siquiera la parca te podrá arrebatar. Y yo me pinté contigo para perpetuarme en nuestro lazo indestructible. Para asomarme al mundo siempre desde el balcón de tu corazón, tan anacoreta como el mío.
Vete madre a descansar de los pesares, de las ingratitudes y las desilusiones, si eso es lo que has decidido, pero quédate a compartir nuestros silencios, quédate a bendecirnos, a seguir dándonos la razón aunque la mayoría de las veces, no la tengamos. Sigue creyendo en cada uno de nosotros, tus hijos, con cada poro de tu cuerpo inmaterial. Sigue siendo nuestra luz inextinguible, Madre.
Yo sé que no hay final entre tú y yo, pero déjame usar esa palabra necia para decirte que nada me va a consolar cuando la puerta de esa nave se cierre y te remontes en viaje sin retorno, porque contigo era fácil reír, pensar en voz alta o simplemente quedarnos calladas por largo rato porque sobraban las palabras. Pero sobre todo porque tú eras el cirio encendido en el templo de mi piel.
Yolanda, disfruta el vuelo, no le temas a la aventura espectacular que te espera. Recuerdo un cuadro que me regalaste cuando era adolescente; decía “yo tengo un deseo igual que un vacío y tiene la forma de todo mi ser”. Mi juventud no me permitió comprender a tiempo, que realmente me estabas dando tu retrato. Y así me siento hoy, aunque en medio de la tristeza, a todos tus hijos nos consuela tu merecido descanso y confiar en que al fin podrás bailar el vals de la eternidad abrazada con nuestro padre.
Madre de mi alma y de mi cuerpo, te amo, te amamos, siempre más!

Patricia

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